¿Somos dueños de nuestro destino? “El Gran Teatro del Mundo” convierte el escenario en un laboratorio sobre poder, privilegios y movilidad social

Por: Rodrigo Pujol Del Toro ([email protected])

Existe una pregunta que atraviesa generaciones y que probablemente nunca dejará de ser vigente: ¿hasta qué punto somos responsables de la vida que construimos y cuánto está determinado por las circunstancias que nos rodean? Esa interrogante, vinculada históricamente con la discusión sobre el libre albedrío, adquiere una lectura contemporánea en “El Gran Teatro del Mundo”, puesta en escena que recupera el clásico de Pedro Calderón de la Barca para confrontarlo con problemas como la desigualdad económica, los privilegios y las limitaciones de la movilidad social.

La propuesta, dirigida y adaptada por Andrés Carreño, llegará al Teatro Sergio Magaña del 22 de agosto al 13 de septiembre, después de su paso por el programa del Carro de Comedias de TeatroUNAM. A través de música, humor, referencias a la cultura popular y elementos de cabaret, la obra plantea una paradoja que resulta especialmente relevante en el contexto actual: vivimos bajo la idea de que el esfuerzo individual puede modificar nuestro destino, pero al mismo tiempo las condiciones sociales y económicas continúan determinando buena parte de las oportunidades disponibles para cada persona.

La estructura de la obra parte de una imagen poderosa: una compañía de comediantes llega con su carro itinerante y, antes de comenzar la función, una tómbola determina quién interpretará cada papel. A partir de ese juego, ricos, pobres, trabajadores y figuras de poder reciben posiciones distintas dentro de la representación. Lo que parece inicialmente un mecanismo teatral se convierte rápidamente en una metáfora de la sociedad: ¿qué tanto elegimos nuestro lugar y qué tanto simplemente nos toca?

Para la actriz Tamara G. Cano, quien forma parte del elenco, la adaptación contemporánea recupera una de las grandes preguntas del universo de Calderón de la Barca —el libre albedrío— para trasladarla a una realidad donde la movilidad social puede ser mucho más compleja de lo que sugieren los discursos de superación individual. La actriz señala que la obra cuestiona directamente la posibilidad de que una persona pueda abandonar la clase social en la que nació, mientras quienes poseen mayores privilegios parecen contar con mecanismos para conservarlos.

La reflexión resulta especialmente interesante porque coloca en tensión dos ideas que suelen presentarse como complementarias: libertad y oportunidad. Podemos tener capacidad formal para tomar decisiones, pero las consecuencias de esas decisiones no necesariamente son iguales para todos. La persona que nace con recursos económicos, redes de contacto, educación y acceso a determinadas oportunidades comienza la partida desde una posición diferente de quien carece de ellas. En ese sentido, la tómbola de la obra funciona como una imagen incómoda de las condiciones iniciales con las que cada individuo entra al mundo.

Sin embargo, “El Gran Teatro del Mundo” evita convertir esta discusión en una pieza exclusivamente solemne. La comedia funciona como una herramienta para desmontar discursos sociales y permitir que el público observe contradicciones que quizá resultan demasiado cercanas. Tamara explica que el trabajo de Carreño aprovecha su experiencia en el cabaret para construir momentos en los que el espectador puede reír y, casi inmediatamente después, preguntarse por qué aquello que acaba de provocar una carcajada también resulta profundamente injusto.

Esta combinación entre entretenimiento y crítica social es uno de los elementos más interesantes de la propuesta. La risa no aparece como una distracción frente al problema, sino como una vía para entrar en él. El espectador puede acercarse a conceptos como desigualdad, privilegio, religión, poder o exclusión a través del juego escénico, para después descubrir que detrás de la ficción existe una pregunta que también afecta su propia vida.

Tamara, además, interpreta dos personajes que amplían el alcance de esa crítica. Uno es “La Discreción”, una representación vinculada con la religión que la adaptación lleva hacia el universo de las redes sociales, el placer y la necesidad contemporánea de comunicar y vender determinados mensajes. El otro es “La Infancia”, personaje que cobra vida mediante un títere y que plantea una cuestión relacionada con la representación y la participación de las nuevas generaciones: ¿por qué los adultos hablan constantemente sobre las infancias sin necesariamente escuchar su voz?

La experiencia de Tamara también permite observar otra dimensión del proyecto: la función social del teatro como espacio de acceso cultural. Su participación comenzó a partir de una audición para el Carro de Comedias de la UNAM y la actriz recuerda especialmente la posibilidad de presentar la obra ante personas que nunca habían visto teatro. En un momento en que la oferta cultural puede concentrarse en determinados circuitos y públicos, el modelo itinerante representa una forma de acercar las artes escénicas a comunidades distintas y de convertir el teatro en una experiencia menos distante y más cotidiana.

Después de numerosas funciones, la actriz considera esa experiencia como un regalo precisamente por la diversidad del público al que han podido llegar. La obra nació dentro de un proyecto que busca llevar el teatro hacia diferentes lugares y ahora regresa a un espacio establecido como el Teatro Sergio Magaña. Ese recorrido también refleja una característica importante de las artes escénicas: una obra puede transformarse dependiendo de quién la observa, porque cada audiencia aporta su propia lectura, contexto y experiencia.

En el fondo, “El Gran Teatro del Mundo” propone una reflexión que trasciende el teatro y alcanza una discusión mucho más amplia sobre mérito, privilegio y responsabilidad individual. Si las condiciones de nacimiento influyen en nuestras posibilidades; si la educación y los recursos modifican nuestras oportunidades; si las estructuras sociales pueden limitar nuestra capacidad de ascenso, entonces quizá la discusión sobre el éxito individual necesita incorporar también una pregunta sobre las condiciones desde las cuales cada persona comienza.

Tamara quiere que el público salga de la función habiéndose divertido, pero también con una inquietud. ¿Cuáles de nuestras decisiones son realmente nuestras? ¿Cuáles dejamos que otros tomen por nosotros? ¿Y qué posibilidades tenemos de modificar el papel que la sociedad parece habernos asignado? Son preguntas que no ofrecen una respuesta sencilla, pero precisamente ahí está el valor de una obra que utiliza el escenario para convertir un clásico barroco en un espejo de las contradicciones contemporáneas.

En tiempos en los que la conversación sobre desigualdad suele reducirse a cifras, indicadores económicos o discursos políticos, el teatro ofrece otra posibilidad: ponerle rostro, cuerpo y emoción a las estructuras sociales. “El Gran Teatro del Mundo” utiliza la ficción para recordarnos que detrás de conceptos como movilidad social, privilegio o desigualdad existen personas intentando construir una vida dentro de reglas que no necesariamente eligieron.

La temporada se llevará a cabo del 22 de agosto al 13 de septiembre, sábados y domingos a las 13:00 horas, en el Teatro Sergio Magaña, ubicado en Santa María la Ribera. La producción de TeatroUNAM y Cabaret Misterio, con un elenco integrado por David Barrera Bautista, Tamara G. Cano, Rosa Luna, Paulina Márquez, Marlon Perzabal, Marco Favio y Lucía Ximbo, plantea así una invitación doble: ir al teatro para reír y salir del teatro preguntándose si realmente somos los autores de nuestra propia historia.

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