El niño que seguimos siendo: Paloma Jiménez y la invitación de Niño Perdido a recuperar la felicidad

La actriz lleva cerca de ocho años formando parte de esta comedia de Quecho Muñoz. A través de Daniela, su personaje, la obra explora las expectativas que heredamos desde la infancia, los sueños que postergamos al crecer y la posibilidad de volver a sorprendernos con las pequeñas cosas.

Por: Rodrigo Pujol Del Toro

Crecer implica aprender a cumplir responsabilidades, administrar el tiempo, trabajar, pagar cuentas y adaptarse a las expectativas de los demás. En ese recorrido, casi sin darnos cuenta, algunas cosas comienzan a desaparecer: el tiempo para jugar, la capacidad de asombro, la imaginación sin propósito y esa libertad de hacer algo simplemente porque nos produce felicidad.

La pregunta es cuándo sucede. ¿En qué momento dejamos de ser quienes imaginábamos que seríamos? ¿Cuándo comenzamos a cambiar nuestros deseos por aquello que creemos que debemos hacer?

Estas reflexiones atraviesan Niño Perdido, la comedia escrita y dirigida por Quecho Muñoz que, después de más de una década en los escenarios, continúa invitando al público a reencontrarse con su infancia.

Para Paloma Jiménez, integrante del elenco desde hace aproximadamente ocho años, la permanencia de la obra se explica por una cualidad que va más allá del entretenimiento: su capacidad de funcionar como un espejo emocional.

“La gente que va a ver El Niño Perdido se queda fascinada, vuelve, invita a más personas. Yo creo que es un texto maravilloso en donde literal vas y te terapeas, porque te reflejas con diferentes situaciones de la historia”, cuenta en entrevista.

Ríes, lloras, te diviertes y reconoces situaciones que quizá también forman parte de tu propia vida. Esa combinación permite que la historia encuentre nuevas conexiones con públicos de distintas edades.

Daniela y el peso de las expectativas

En la historia, Manuel Andrés es un hombre atrapado en una vida que no le satisface. Su trabajo como godín se ha convertido en una fuente de frustración y siente que todo está mal. La aparición de una mujer que asegura ser su hada madrina lo impulsa a emprender un viaje para recuperar algo que perdió hace muchos años: su niño interior.

Pero el conflicto no pertenece exclusivamente al protagonista. Cada personaje tiene su propia relación con las expectativas, los recuerdos y las decisiones que han marcado su vida.

Daniela, interpretada por Paloma Jiménez, es compañera de oficina de Manuel Andrés y su amor platónico. Desde pequeña fue educada bajo una idea muy particular del amor: sus padres la hicieron sentir como una princesa y le transmitieron que debía encontrar a su príncipe azul, alguien que cumpliera con una imagen de perfección.

Al llegar a la adultez, esa expectativa se transforma en un dilema. Daniela enfrenta la distancia entre lo que realmente desea y lo que aprendió que debería buscar.

“Es como un dilema con el que ella lucha en su adultez: quiero esto, pero lo que debo hacer es otra cosa”, explica Paloma.

Su personaje permite explorar una cuestión que no siempre se reconoce: muchas de las decisiones que tomamos en nuestras relaciones y proyectos personales están condicionadas por ideales que construimos desde niños, incluso antes de tener la posibilidad de cuestionarlos.

La idea de la princesa que espera a un príncipe perfecto puede parecer un cuento inocente, pero también representa una expectativa que, al crecer, puede convertirse en una medida imposible para evaluar la propia vida.

El reencuentro de Daniela con su niña interior abre otra posibilidad: reconocer de dónde vienen esas ideas y preguntarse si todavía representan lo que realmente quiere.

La infancia no es solamente un recuerdo

Una de las ideas centrales de Niño Perdido es que la infancia no desaparece por completo cuando una persona se convierte en adulta. Puede quedar relegada por las responsabilidades y las preocupaciones, pero continúa presente en la forma de relacionarnos con el mundo.

La capacidad de sorprenderse, jugar, imaginar y disfrutar de los pequeños detalles no tendría por qué pertenecer exclusivamente a los primeros años de vida.

Paloma considera que la felicidad también se construye al permitirnos recuperar esos espacios. Comer nuestra comida favorita, hacer una actividad que nos gusta o volver a jugar son pequeños gestos que pueden ayudarnos a reconectar con aquello que nos hace sentir bien.

Su reflexión no propone abandonar las responsabilidades. Por el contrario, plantea que ser adulto y conservar la espontaneidad de la infancia no son caminos incompatibles.

“Que sean unos adultos responsables, pero también dejar a este niño de repente jugar y de repente sorprenderse por los pequeños detalles y creer en la magia”, señala.

En esa invitación existe una crítica sutil a una idea muy arraigada de la adultez: la de considerar que madurar significa dejar atrás todo lo que no parece productivo. La obra recuerda que la imaginación, el juego y el disfrute también forman parte de una vida plena.

Ocho años habitando el mismo universo

La relación de Paloma con la puesta en escena comenzó hace alrededor de ocho años. Inicialmente alternaba el personaje de Daniela con Cris Santa Gómez, quien fue la primera actriz en interpretarlo. Desde el año pasado, Paloma asumió la titularidad del papel.

Durante ese tiempo ha compartido escenario con distintos integrantes del elenco y ha sido testigo de la evolución de una obra que ha permanecido en la cartelera capitalina por más de una década.

Una de las particularidades del montaje es que su autor, Quecho Muñoz, también participa en escena. Esto permite que el texto conserve su identidad mientras incorpora referencias actuales, chistes relacionados con acontecimientos del momento y guiños a temas que forman parte de la conversación cotidiana.

Paloma recuerda que algunos cambios llegan incluso horas antes de una función. La posibilidad de actualizar pequeños elementos permite que el espectáculo dialogue con el presente sin perder su estructura original.

La obra, en ese sentido, también crece junto con quienes la interpretan. Los actores cambian, sus experiencias se transforman y las referencias se renuevan, pero el conflicto central continúa encontrando sentido en la vida de los espectadores.

El teatro como espejo y espacio de reconocimiento

Cuando Paloma habla de la respuesta del público, destaca que muchas personas se identifican con las situaciones que aparecen en escena. No se trata únicamente de reconocer un problema específico, sino de encontrar fragmentos de la propia historia en las contradicciones de los personajes.

El humor ayuda a que ese reconocimiento ocurra sin solemnidad. La comedia permite observar situaciones incómodas desde otra perspectiva y, en ocasiones, reírse de aquello que en la vida cotidiana provoca frustración.

Pero la experiencia no termina con la carcajada. La actriz espera que los espectadores salgan con ganas de hacer algún cambio, recuperar una actividad que habían abandonado o prestar atención a aquello que les proporciona felicidad.

También habla de permitir que las emociones aparezcan. Si la historia provoca una lágrima, considera que no hay razón para ocultarla. El teatro ofrece precisamente la oportunidad de sentir en compañía de otras personas, sin necesidad de explicar o justificar cada reacción.

En esa dimensión emocional puede encontrarse parte de la permanencia de la obra: no se limita a contar una historia, sino que invita a cada persona a completar el relato desde sus propias experiencias.

Una comedia que sigue encontrando espectadores

Niño Perdido reúne en esta temporada a Lolita Cortés, Gerardo González, David Anguiano, Paloma Jiménez y Quecho Muñoz, con Leslie Martínez como actriz invitada en algunas funciones.

La historia combina fantasía y vida cotidiana, con un protagonista que debe enfrentarse a su pasado para recuperar la felicidad. El resultado es un cuento urbano sobre las expectativas, las frustraciones y la posibilidad de cambiar la manera en que vivimos el presente.

Para Paloma, el valor de participar durante tantos años en esta puesta está relacionado con su capacidad de seguir conectando con nuevas personas. Su personaje también le permite explorar una experiencia humana reconocible: la distancia entre lo que aprendimos a desear y aquello que verdaderamente queremos.

La temporada continúa en el Nuevo Teatro Versalles, todos los miércoles a las 20:30 horas, hasta el 9 de diciembre de 2026.

Quizá el mayor acierto de Niño Perdido sea recordarnos que no siempre necesitamos transformar toda nuestra vida para recuperar una parte de nosotros mismos. A veces basta con volver a hacer aquello que nos gustaba, permitirnos jugar o mirar con curiosidad algo que llevábamos años dando por sentado.

Porque crecer no tendría que significar perder la capacidad de sorprendernos. Y tal vez el niño que fuimos no necesita que lo encontremos en algún lugar del pasado, sino que volvamos a darle espacio en el presente.

Niño Perdido en el Nuevo Teatro Versalles

Temporada: hasta el 9 de diciembre de 2026.

Funciones: miércoles, 20:30 horas.

Lugar: Nuevo Teatro Versalles, calle Versalles 27, colonia Juárez, Ciudad de México.

Elenco: Lolita Cortés, Gerardo González, David Anguiano, Paloma Jiménez y Quecho Muñoz. Leslie Martínez como invitada en algunas funciones.

Boletos: https://ticketpoint.mx/evento/ntv-cdmx-nino-perdido/

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