Sandra Martínez lleva al teatro la soledad de las mujeres mayores, el miedo al abandono y las consecuencias de convertir el amor en apego
Por: Rodrigo Pujol Del Toro
En una sociedad que suele hablar de la vejez desde las cifras, los cuidados, las pensiones o la dependencia, el teatro puede hacer algo diferente: ponerle un cuerpo, un rostro y una historia a una mujer mayor que vive sola. Eso es lo que ocurre con “Destino”, un unipersonal de media máscara creado, dirigido e interpretado por Sandra Martínez Nicolini, que utiliza el silencio para hablar de uno de los sentimientos más complejos de la experiencia humana: el miedo a perder aquello que amamos.
La historia sigue a Trini, una mujer mayor que borda y vive una existencia aparentemente rutinaria. Su mundo cambia cuando aparece un polluelo recién nacido. Ella decide adoptarlo y protegerlo, y esa criatura comienza a llenar el vacío de una vida marcada por la soledad. Pero la compañía que inicialmente parece salvarla también desencadena un conflicto: el miedo a perder al otro puede llevarnos a querer controlar aquello que amamos.
La obra no pretende ofrecer una respuesta sencilla. Por el contrario, plantea una situación incómoda: ¿en qué momento el cuidado deja de ser cuidado y comienza a convertirse en posesión?
“La obra pone en juego la necesidad humana de compañía y afecto y deja ver las implicaciones de interferir en el rumbo natural de la vida al intentar detener lo que está destinado a partir”, plantea la propuesta escénica.
Aunque “Destino” está atravesada por el tema del apego, su historia comenzó en otro lugar. Sandra Martínez inició el proyecto a partir de una investigación sobre Tlazolteotl, un mito de una diosa mexica que despertó su interés, y de una máscara que tenía en proceso de exploración.
Lo que comenzó como una búsqueda artística terminó convirtiéndose en una dramaturgia desarrollada directamente sobre el escenario.
“Surgió como una exploración a partir de un mito de una diosa mexica, que se llama Tlazolteotl. Yo tenía una máscara que no había encontrado personaje y entonces empecé a jugar con estos dos elementos”, relata la creadora.
El resultado fue una obra en la que la palabra desaparece para dar paso al cuerpo.
Cuando el cuerpo tiene que decir lo que la boca calla
“Destino” prescinde del diálogo hablado y de los objetos en escena. La protagonista se comunica a través del movimiento, los gestos y los sonidos, mientras la música en vivo construye las atmósferas de la historia.
Esta decisión no es únicamente estética. También transforma la relación entre la actriz y el espectador. Al no recibir las respuestas mediante un texto hablado, el público tiene que participar activamente en la construcción de la historia.
“La gente está invitada a seguirme casi al cien por ciento. Y entonces eso se vuelve un ejercicio muy rico de que ellos puedan estar imaginando.”
En una época dominada por imágenes explícitas, pantallas y narrativas que explican prácticamente todo, el montaje apuesta por lo contrario: dejar espacios vacíos para que la imaginación los complete.
Sandra asegura que una de las reacciones que más le han interesado durante los años que la obra lleva presentándose es precisamente descubrir cómo cada espectador construye sus propias imágenes.
“Lo más precioso es que logran construir las imágenes en su imaginación y que puedan ver las cosas.”
La máscara como una segunda piel
La media máscara constituye otro de los grandes retos de la propuesta. En lugar de apoyarse en la expresión completa del rostro, Martínez tiene que trasladar las emociones al cuerpo.
“La media máscara demanda que mi cuerpo exprese las emociones porque la parte de mayor expresividad en los seres humanos es nuestro rostro.”
La consecuencia es un trabajo actoral profundamente físico. Cada inclinación, movimiento, pausa y sonido adquiere una importancia distinta.
Para fortalecer ese lenguaje, la creadora trabajó con Quy Lan Lachino, actriz, directora y mascarera especializada en teatro gestual, físico y de máscara.
“El gran reto es que a partir de mi corporalidad y de ciertos sonidos yo pueda hacer que el objeto se vea vivo en escena.”
La colaboración también evidencia una de las particularidades de la creación teatral independiente: aunque una obra pueda tener un solo personaje visible sobre el escenario, detrás de ella existe una red de artistas y especialistas.
En “Destino”, esa red incluye a Lachino en la dirección de actuación con máscara y a Félix Bailón Salgado en la música y diseño sonoro en vivo, además de los trabajos de diseño y realización de máscara, escenografía, vestuario e iluminación desarrollados por la propia Martínez.
La soledad que apareció sin haber sido buscada
Uno de los aspectos más interesantes del proceso creativo es que la obra terminó hablando de algo que, según Sandra, fue adquiriendo importancia con el tiempo: la situación de las mujeres mayores que viven solas y en condiciones de vulnerabilidad.
“Destino” comenzó a presentarse desde 2022 y, durante ese recorrido, el personaje de Trini comenzó a adquirir nuevas lecturas.
Martínez vive en Chiapas y reconoce que la realidad de su entorno terminó filtrándose en la obra.
“Radico en Chiapas, aquí se gestó la obra y pues aquí es algo que se ve mucho en nuestro cotidiano.”
La creadora menciona particularmente a las mujeres que observa en los mercados de San Cristóbal de las Casas: mujeres mayores que continúan trabajando, vendiendo productos y sosteniendo a sus familias.
“Ves a muchas Trinis que están en los mercados vendiendo, que son matriarcas que tienen que sostener familias.”
La observación cotidiana terminó revelando una dimensión social que no necesariamente estaba en el origen de la obra.
Y ahí aparece una de las preguntas más relevantes que “Destino” puede provocar fuera del escenario: ¿qué lugar ocupa la sociedad en el cuidado y acompañamiento de las mujeres mayores?
La propia Martínez reconoce que la conversación puede llegar incluso al terreno de las políticas públicas y de las estructuras de cuidado.
No todo amor significa quedarse
El polluelo de “Destino” funciona como una metáfora particularmente poderosa porque representa aquello que llega a nuestra vida, nos transforma y eventualmente tiene que seguir su propio camino.
Trini quiere protegerlo porque tiene miedo de perderlo. Pero precisamente ese miedo termina conduciéndola hacia una situación destructiva.
La obra no demoniza el amor ni el deseo de cuidar. Lo que cuestiona es la dificultad humana para distinguir entre acompañar y retener.
Ese conflicto puede aplicarse a las relaciones familiares, de pareja, a la maternidad, a la amistad e incluso a los procesos de duelo.
En última instancia, “Destino” habla de una experiencia universal: aceptar que no podemos controlar el rumbo de aquello que amamos.
Crear también es aprender a confiar
El proceso de realizar un unipersonal terminó transformando también a su propia creadora.
Martínez reconoce que una de las principales enseñanzas de “Destino” ha sido descubrir capacidades que no sabía que tenía, especialmente en materia de autogestión.
“He descubierto que se pueden lograr las cosas. De pronto surge una fortaleza que no era consciente que poseía.”
Pero también descubrió algo que parece contradictorio en un unipersonal: nadie crea completamente solo.
“Aunque esté sola, se necesita la ayuda y que está ahí. Y en ese momento se vuelve de todos. Ya no es mío el trabajo, es un poco de todos los que estamos involucrados.”
Esa reflexión también parece dialogar con la propia historia de Trini. La protagonista busca desesperadamente compañía, mientras la creadora descubre que construir una obra requiere justamente reconocer y aceptar la presencia de los demás.
“Destino” llegará al Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico del 28 de agosto al 6 de septiembre de 2026, con funciones los viernes a las 20:00 horas y sábados y domingos a las 18:00 horas.
La obra forma parte de Horizontes, una programación que permite que propuestas escénicas surgidas fuera de la Ciudad de México encuentren un espacio en la capital.
Para Sandra Martínez, llevar este trabajo a la Ciudad de México significa también abrir una ventana hacia una creación que nació en Chiapas y que ha ido creciendo a través de los años.
Y quizá ahí reside la fuerza de “Destino”: en una época acostumbrada a hablar cada vez más fuerte, una obra sin palabras encuentra una manera de hacerse escuchar.
Porque al final, Trini no solo tiene que aprender a dejar ir a un pequeño pájaro. Tiene que enfrentarse a algo mucho más difícil: aceptar que amar profundamente no significa tener derecho a decidir cuánto tiempo alguien debe permanecer a nuestro lado.
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