Dirty Walls: Cuando el graffiti deja de ser solamente un muro y se convierte en comunidad

En su quinta edición, el festival reunirá a 159 artistas para intervenir 840 metros lineales en PARCUR, pero detrás de las cifras existe una historia de autogestión, identidad y apropiación del espacio público.

Por: Rodrigo Pujol

Hay proyectos culturales que nacen con una estructura perfectamente definida y otros que aparecen casi accidentalmente, a partir de la necesidad de un grupo de personas de encontrarse. Dirty Walls pertenece a la segunda categoría. Lo que comenzó como una reunión entre amigos interesados en pintar, visitar exposiciones de gráfica y compartir experiencias terminó convirtiéndose, cinco ediciones después, en uno de los encuentros que buscan articular distintas expresiones de la cultura urbana en la Ciudad de México.

Su quinta edición llegará este sábado 29 de agosto al Parque de Cultura Urbana (PARCUR) con una dimensión que habla de la evolución del proyecto: 159 grafiteras, grafiteros e ilustradores intervendrán 840 metros lineales de muros durante una jornada de 10 horas. El programa incorpora además bodypainting, talleres, bazar, música y otras disciplinas vinculadas con las culturas urbanas.

Pero reducir Dirty Walls a una cifra de participantes o a la cantidad de metros pintados sería perder de vista lo más interesante de su historia. Para su fundadora Yovannelly Hernández Ríos, el verdadero punto de inflexión ocurrió cuando descubrieron que la convocatoria estaba dejando de ser local. En la segunda edición comenzaron a llegar artistas de distintos estados de la República y de otros países, y fue entonces cuando comprendieron que el festival podía funcionar como una plataforma para conectar comunidades que ya existían, pero que necesitaban espacios para encontrarse.

Ese crecimiento también obligó a Dirty Walls a hacerse una pregunta fundamental: ¿para quién se construye un festival de arte urbano? La respuesta inicial podía parecer evidente: para quienes pintan. Sin embargo, la organización descubrió que el proyecto podía tener una dimensión mucho más amplia si conseguía salir de los espacios cerrados y acercarse a familias, infancias, adolescentes y adultos mayores.

De ahí que la llegada a PARCUR tenga un significado particular. El parque representa precisamente un espacio público donde diferentes expresiones de la cultura urbana pueden coexistir. Para Dirty Walls, ocuparlo significa ampliar la conversación: que quienes nunca han pintado un muro puedan acercarse, observar el proceso y entender que detrás del graffiti existen historias, técnicas, decisiones estéticas y discursos.

En este sentido, el festival también participa en una transformación cultural más amplia: la profesionalización del arte urbano. Durante mucho tiempo, el graffiti fue observado principalmente desde la perspectiva del vandalismo y la intervención no autorizada. Hoy existe una escena de artistas que trabajan profesionalmente, realizan murales por encargo, participan en proyectos culturales y encuentran en su producción artística una fuente de ingresos.

Hernández considera importante reconocer esa transformación porque el muralismo y otras disciplinas urbanas también pueden convertirse en herramientas para sostener proyectos personales y familiares. Algunos artistas estudian, otros son padres y madres y otros han convertido su práctica artística en una profesión. La aparición de oportunidades institucionales y culturales ha contribuido, desde su perspectiva, a modificar la manera en que se observa el arte urbano.

Sin embargo, la profesionalización no debería significar homogeneización. Una de las decisiones que Dirty Walls ha mantenido es permitir que los artistas trabajen con temas libres. Hernández explica que un muro puede hablar de la vida cotidiana, de una experiencia personal, de algo que duele o de aquello que produce felicidad. Esa libertad permite que el espacio público se convierta en una especie de archivo visual de las preocupaciones de quienes lo habitan.

La decisión implica también asumir que el arte urbano no siempre tiene que ser “bonito” o cómodo. Un mural puede tener una estética atractiva y, simultáneamente, abordar una problemática dolorosa. Hernández menciona como ejemplo el trabajo de un artista que ha representado a su hermana desaparecida: la belleza de la técnica no elimina la dureza del mensaje.

Es precisamente ahí donde aparece otra de las responsabilidades del festival: la curaduría. Dirty Walls trabaja con la Secretaría de Cultura para establecer ciertos límites considerando que el encuentro estará abierto a infancias y familias. La intención no es eliminar la diversidad de discursos, sino reconocer que las imágenes que aparecen en un espacio público también forman parte de la educación visual de quienes las observan.

La autogestión continúa siendo otro elemento central. Hernández subraya que quienes organizan y colaboran en el festival no reciben un pago por hacerlo. Esa condición habla de una forma de gestión cultural que nació desde la comunidad y que ha buscado sostenerse mediante alianzas, trabajo colectivo y la construcción progresiva de redes.

La colaboración con la Secretaría de Cultura y la llegada a PARCUR representan, por ello, una evolución significativa. Dirty Walls no abandona su origen independiente; encuentra una nueva infraestructura desde la cual ampliar su alcance. La relación entre instituciones culturales y colectivos urbanos puede ser particularmente productiva cuando permite que los propios artistas conserven capacidad de expresión y participación.

El festival tampoco se limita al graffiti. El programa integra muralismo, gráfica, esténcil, paste up, bodypainting, skate, parkour, música y talleres. También contará con un bazar donde distintos creadores podrán comercializar arte objeto, ilustraciones y otros productos.

Yovannelly Hernández mira incluso más allá de esta quinta edición. Uno de los sueños del colectivo es convertir Dirty Walls en un festival itinerante, capaz de viajar a otros estados y generar talleres y encuentros en comunidades que quieran recibir el proyecto. De la misma experiencia también surgió Pink Walls, una propuesta que busca crear un espacio específico para mujeres dentro del arte urbano.

La intención, explica Hernández, es reconocer a mujeres que participan activamente en la escena y que, al mismo tiempo, desempeñan múltiples roles: madres, trabajadoras, estudiantes y creadoras. En esa visión, la cultura urbana no es únicamente una estética, sino también un territorio donde se disputan representación, identidad y participación.

Quizá por eso la invitación final de Dirty Walls no consiste simplemente en acudir a mirar los resultados terminados. Hernández propone algo más cercano a la conversación: preguntar al artista por qué eligió esos colores, qué representa la imagen, qué historia existe detrás del muro y qué está creando en este momento.

El festival nació durante un periodo de aislamiento y terminó convirtiéndose en un ejercicio de encuentro. Esa paradoja resulta significativa. En una época marcada por comunidades digitales y relaciones cada vez más mediadas por pantallas, Dirty Walls reivindica una experiencia elemental: personas reunidas físicamente alrededor de un muro para crear algo que antes no existía.

El sábado 29 de agosto, PARCUR será nuevamente ese punto de encuentro. Y durante 10 horas, 159 artistas convertirán 840 metros lineales en una enorme superficie de expresión. Pero quizá el verdadero resultado no pueda medirse en metros de pintura.

Porque, como plantea la propia historia de Dirty Walls, el muro es apenas el soporte. La verdadera obra es la comunidad que se construye alrededor de él.

Datos del festival

Dirty Walls 2026
Fecha: sábado 29 de agosto de 2026
Horario: 10:00 a 18:00 horas
Lugar: Parque de Cultura Urbana (PARCUR), Bosque de Chapultepec
Participantes: 159 artistas
Superficie: 840 metros lineales de muros intervenidos
Actividades: graffiti, muralismo, bodypainting, talleres, bazar, skate, parkour y música.

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