Diana Reséndiz escribe, dirige y produce una puesta en escena que utiliza la ficción para hablar de violencia, memoria, machismo y las posibilidades de transformar aquello que hemos aprendido
Por: Rodrigo Pujol Del Toro ([email protected])
El teatro tiene una capacidad particular: puede tomar una historia aparentemente íntima y convertirla en un espejo colectivo. Puede hacer que una conversación entre personajes termine hablando de una sociedad completa y que una ausencia sobre el escenario se convierta en una pregunta que permanece en la mente del espectador mucho después de que las luces se apagan.

Esa es la ruta que propone “Ni una más, nos queremos vivas”, puesta en escena escrita, dirigida y producida por Diana Reséndiz, que tendrá únicamente dos funciones en el Foro Shakespeare, los días 2 y 9 de septiembre a las 20:30 horas.
La obra parte de una situación reconocible: un grupo de amigas que se encuentra durante una marcha por el Día Internacional de la Mujer. Entre conversaciones y recuerdos aparecen experiencias de machismo y violencia, pero también las historias de sus madres y abuelas, creando una especie de memoria colectiva femenina.
La reunión, sin embargo, adquiere otra dimensión cuando descubren que Rosa no llegará a la marcha. Ha sido asesinada por su pareja.
Una ausencia que cambia toda la historia
A partir de ese momento, Rosa deja de ser solamente un personaje ausente para convertirse en el centro de la memoria. Su espíritu aparece en escena y comienza a reconstruir los acontecimientos que precedieron a su muerte.
La decisión dramatúrgica permite que el público observe el feminicidio no solamente como un acontecimiento final, sino como el resultado de una serie de circunstancias y violencias que necesitan ser observadas, cuestionadas y discutidas.
La obra se interesa por esas zonas que suelen permanecer fuera de las noticias: las violencias cotidianas, las relaciones de poder, el machismo aprendido y las ideas que durante generaciones han contribuido a construir relaciones desiguales.
Por eso, la propuesta no busca quedarse exclusivamente en la tragedia. También plantea la necesidad de comprender qué ocurre en una sociedad donde determinadas conductas pueden llegar a normalizarse y cuáles son las posibilidades de modificar aquello que aprendimos.
Un diálogo entre generaciones
Uno de los recursos más interesantes de la puesta en escena aparece a través de las historias familiares. Las experiencias de las protagonistas dialogan con las de sus madres y abuelas, creando una especie de mapa generacional de la violencia.
Lo que una generación aprendió puede transmitirse a la siguiente; pero también existe la posibilidad de cuestionarlo y transformarlo.
En ese sentido, la obra establece una conversación con el presente sin desprenderse del pasado. Un personaje masculino recupera frases de poetas, filósofos, dramaturgos y pensadores cuyas ideas evidencian formas históricas de desprecio y desigualdad hacia las mujeres.
El recurso permite construir un puente entre las ideas que han formado parte de nuestra cultura y las consecuencias que determinadas formas de pensamiento pueden tener todavía en la vida contemporánea.

Más allá de contar un feminicidio
La propuesta de Diana Reséndiz no pretende que el público salga del teatro únicamente con una sensación de tristeza. El objetivo parece ir más lejos: provocar una reflexión sobre la responsabilidad colectiva frente a la violencia.
La obra coloca sobre la mesa preguntas relacionadas con las masculinidades, las relaciones afectivas, el machismo y aquellas pequeñas violencias que pueden parecer insignificantes cuando se observan de manera aislada, pero que adquieren otra dimensión cuando se entienden como parte de una estructura.
Desde esta perspectiva, el teatro se convierte en un espacio de conversación. El espectador no solamente observa lo que ocurre a los personajes; también puede comenzar a preguntarse qué papel desempeña dentro de las relaciones que construye y dentro de la sociedad de la que forma parte.
El escenario como espacio de resistencia
El elenco está conformado por Carlos Mendoza, Diana Reséndiz, Imelda Castro, Ginés Cruz, Angie Mcastel, Carlos Medina, Ollinkan Hurtado, Natali González, Raiden Negrete, Nathali Aboytes y Javier Morelos.
La historia transita entre dolor, memoria y resistencia, pero también entre pasado y presente. El resultado busca generar una experiencia íntima, en la que la ficción permita acercarse a una realidad que muchas veces se vuelve distante cuando solamente aparece representada mediante estadísticas.
Porque una cifra puede informar, pero una historia puede hacernos comprender.
Ese parece ser uno de los principales territorios que explora “Ni una más, nos queremos vivas”: recuperar el rostro humano detrás de los números y recordar que cada mujer asesinada tenía vínculos, sueños, relaciones, proyectos y una vida que no debió ser interrumpida.
Dos noches para abrir la conversación
“Ni una más, nos queremos vivas” llegará al Foro Shakespeare, en Zamora 07, colonia Condesa, con dos únicas funciones: miércoles 2 y miércoles 9 de septiembre a las 20:30 horas.
En tiempos donde las conversaciones sobre violencia de género pueden quedar atrapadas entre estadísticas, titulares y discusiones en redes sociales, el teatro propone otra velocidad: sentarse frente a una historia, observarla, escucharla y permitir que las preguntas aparezcan.
Porque quizá una de las funciones más importantes del arte no sea decirnos exactamente qué pensar, sino crear el espacio para que podamos pensar aquello que como sociedad todavía nos cuesta mirar de frente.
Y en este caso, la pregunta permanece incluso después de que termina la función: ¿qué tenemos que transformar para que ninguna otra historia termine convirtiéndose en una cifra?
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