Desde Nueva York, la artista argentina construyó “Antónima”, un álbum que reúne a ocho mujeres latinoamericanas y que ahora abre una nueva etapa de su obra alrededor de la migración, la memoria y las historias que necesitan ser visibilizadas
Por: Rodrigo Pujol Del Toro
Hay una contradicción aparente en la trayectoria de Sofía Rei que ayuda a comprender la naturaleza de su música: cuanto más lejos ha estado geográficamente de América Latina, más profundamente parece haberse acercado a sus múltiples identidades. Nacida en Buenos Aires y radicada en Nueva York, la cantante, compositora y productora argentina encontró en esa ciudad un territorio donde las distintas comunidades latinoamericanas podían encontrarse, intercambiar sus tradiciones y transformar aquello que habían llevado consigo en nuevos lenguajes. De ese proceso surge buena parte de la sensibilidad que atraviesa Antónima, su séptimo álbum, un trabajo que no entiende el folclore como una frontera fija, sino como un territorio vivo capaz de dialogar con la electrónica, el jazz, la improvisación y la experimentación contemporánea.
El título del álbum resume esa filosofía: nadar contra la corriente. Antónima parte de la imagen de aquello que existe en oposición, pero su verdadera dimensión aparece cuando Rei explica cómo fue construyendo el proyecto junto a ocho mujeres de diferentes lugares y escenas musicales de América Latina. Lo que comenzó como una intención artística —trabajar con otras creadoras— terminó convirtiéndose en una experiencia de reconocimiento colectivo. La artista cuenta que, al encontrarse con ellas presencialmente durante viajes, giras y visitas a Nueva York, descubrió que muchos de los problemas que cada una pensaba que enfrentaba individualmente eran en realidad compartidos. “Muchos son desafíos y alegrías también colectivas”, dice, una frase que podría funcionar como una de las claves conceptuales del álbum.

Esa dimensión comunitaria resulta especialmente relevante porque Antónima no se construyó únicamente desde la lógica de la colaboración musical. Las artistas invitadas —entre ellas Gaby Moreno, Daymé Arocena, Mireya Ramos, Xenia Rubinos, Las Áñez, Mariana Baraj, Charo Bogarín y Juana Luna— aportaron sus propias perspectivas, lenguajes y tradiciones. Rei no buscó homogeneizarlas bajo una estética común, sino generar un espacio donde las diferencias pudieran convivir. Algunas participaron como compositoras o productoras; otras encontraron dentro del repertorio de la argentina canciones con las que podían establecer un diálogo. El disco terminó convirtiéndose así en una conversación entre distintas geografías latinoamericanas y, al mismo tiempo, entre diferentes maneras de ser mujer y artista dentro de ellas.
La idea de reunir voces femeninas no apareció de manera accidental. Rei, que además de artista trabaja como profesora en la Universidad de Nueva York, desarrolló una clase sobre nuevas perspectivas de la música latinoamericana contemporánea y creó para sus estudiantes una lista de reproducción dedicada a las voces que estaban transformando esa escena. Al revisar el resultado descubrió algo que terminó modificando su mirada: “el 90% de esto que era para mí lo más innovador, lo más vanguardista, lo más interesante para mostrarles, eran mujeres”. Aquella observación se convirtió en una especie de mapa para Antónima: si las propuestas que estaban expandiendo los límites de la música latinoamericana estaban siendo lideradas en buena medida por mujeres, el álbum podía funcionar también como una manera de hacer visible esa transformación.
Pero existe otra geografía fundamental detrás del disco: Nueva York. Para Rei, vivir en esa ciudad modificó profundamente su relación con América Latina porque le permitió conocerla desde una perspectiva que no había experimentado viviendo en Argentina. “Yo no conseguí conocer Latinoamérica de la forma que conseguí conocer Latinoamérica en Estados Unidos”, explica. La frase parece paradójica hasta que describe el ecosistema musical neoyorquino en el que convivió con artistas de Cuba, Brasil, Colombia, Perú, Ecuador y Venezuela. En sus grupos, los músicos podían interpretar una tradición desde el lugar del que provenían y, al mismo tiempo, incorporar las influencias de los demás. Por eso recuerda que algunas de sus bandas parecían auténticas “Naciones Unidas Latinoamericanas”.
Ese modelo de convivencia artística ayuda a entender por qué la música de Rei se resiste a las categorías rígidas. En Antónima, las tradiciones folclóricas sudamericanas y caribeñas se encuentran con una producción electrónica construida desde el detalle, los sonidos acústicos, el pop experimental, el neo soul, el art pop y la improvisación. Junto a JC Maillard, colaborador artístico de larga data y coproductor del álbum, Rei se involucró de manera mucho más profunda en la producción y descubrió nuevas posibilidades para su propia práctica. La experimentación no aparece entonces como una ruptura con la tradición, sino como otra forma de relacionarse con ella: una tradición que puede ser intervenida, cuestionada y llevada hacia el futuro sin dejar de reconocer el lugar del que proviene.
México ocupa un lugar particular dentro de esta cartografía. Rei considera al país una de las grandes ventanas culturales de América Latina, tanto por su infraestructura artística como por su capacidad de circulación de proyectos, ideas y creadores. Su relación con México tampoco comienza con Antónima: ha presentado aquí trabajos anteriores, ha participado en festivales y clubes y durante años trabajó como profesora de canto vinculada a programas de música latinoamericana. Por eso, la invitación del Festival Internacional Cervantino adquiere una dimensión especial: no se trata simplemente de una nueva plaza para presentar el álbum, sino de la oportunidad de llevar este proyecto a un público latinoamericano que puede interpretar sus canciones desde códigos culturales y experiencias compartidas. “Estamos muy contentos de poder presentar a Antónima en ese marco”, explica.

El 17 de octubre, en el Cervantino, Rei estará acompañada por músicos fundamentales para el universo sonoro del proyecto, entre ellos JC Maillard, Tupac Mantilla y el mexicano Celso Duarte. El repertorio llegará posteriormente a Ciudad de México el 19 de octubre, en el Lobby Edificio E del Palacio Legislativo de San Lázaro, donde el concierto será gratuito y contará con las participaciones de Leiden, Laura Guevara y Mireya Ramos. La configuración tiene un significado que trasciende la logística: cuando las colaboradoras originales no pueden estar presentes, Rei busca nuevas creadoras locales para continuar expandiendo la red que dio origen al álbum. La ausencia, en lugar de convertirse en una limitación, se transforma en otra posibilidad de encuentro.
Ese principio de colaboración parece estar preparando el terreno para la siguiente etapa de la artista. Mientras Antónima todavía comienza su recorrido latinoamericano, Rei trabaja en una obra escénica que incorpora periodismo social, danza, música y teatro, alrededor de mujeres y procesos migratorios. Es un proyecto de mayor escala que todavía está en construcción, pero su existencia revela un desplazamiento importante en la obra de la artista: de hablar de identidad a preguntarse qué responsabilidad puede tener una creadora frente a las historias que ocurren alrededor suyo. La respuesta de Rei es directa: “me urge dar mi voz de una forma más política y prestar lo que sé, que es la música”.
La palabra “urgencia” aparece varias veces en su reflexión porque no está pensando la música únicamente como entretenimiento o como expresión individual. Rei habla de migración, violencia y marginalidad como problemas que atraviesan actualmente a Estados Unidos, América Latina y otras regiones del mundo, y plantea que su contribución puede consistir en poner sus herramientas artísticas al servicio de esas historias. “Mi herramienta de contribución puede ser una composición, puede ser mi voz”, afirma. En esa perspectiva, cantar deja de ser solamente interpretar una canción: también puede significar construir un espacio para que alguien más sea escuchado.
Ahí aparece uno de los aspectos más interesantes de Antónima: el álbum no concluye con la última canción. Su proceso creativo produjo vínculos, preguntas y posibles nuevas obras. Rei reconoce que quedaron colaboraciones pendientes con otras artistas y no descarta que en algunos años exista una continuación del proyecto. “Yo creo que de acá a unos años vamos a tener alguna forma de Antónima 2”, adelanta. Pero incluso si esa continuación nunca tuviera exactamente ese nombre, la lógica parece haber quedado instalada: escuchar a otras mujeres, cruzar tradiciones, compartir herramientas y construir nuevas narrativas desde la música.
En ese sentido, Antónima puede leerse como una obra sobre la identidad en movimiento. Sofía Rei no plantea una identidad latinoamericana única ni pretende resolver la diversidad del continente bajo una etiqueta común. Su propuesta parte, más bien, de reconocer que América Latina está compuesta por múltiples voces que pueden encontrarse sin dejar de ser diferentes. Su experiencia en Nueva York le mostró esa posibilidad y el álbum la convirtió en una metodología artística: escuchar, mezclar, aprender, colaborar y transformar.
Ahora esa conversación llega a México. El Cervantino será el primer gran escenario latinoamericano para este proyecto y San Lázaro permitirá ampliar el encuentro con otras creadoras. Pero el verdadero viaje de Antónima parece estar en otro lugar: en la posibilidad de que una canción conecte una memoria individual con una experiencia colectiva y que una artista utilice su propia voz para abrir espacio a otras voces. Sofía Rei llega con un disco que mira hacia las raíces, pero no para quedarse allí; su apuesta consiste precisamente en tomar aquello que heredó, cruzarlo con el presente y preguntarse qué futuro puede construirse desde esa mezcla.
Y quizá por eso la metáfora que da nombre al álbum termina siendo también la mejor manera de describir su trayectoria: nadar contra la corriente no significa necesariamente alejarse del lugar de origen, sino encontrar otra manera de avanzar sin dejar que la corriente decida el destino.
México será nuevamente ese punto de encuentro.
Primero, el 17 de octubre en el Festival Internacional Cervantino. Después, el 19 de octubre en el Palacio Legislativo de San Lázaro.
Dos escenarios. Una artista. Y un álbum que, como su propio nombre lo anuncia, nació para nadar contra la corriente.
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