Said Dokins: escribir con luz para escuchar las memorias que habitan la ciudad

En Como una centella que brota, el artista y el fotógrafo Leonardo Luna convierten la escritura luminosa en una forma de leer el pasado, cuestionar los símbolos del espacio público y reflexionar sobre aquello que la transformación urbana deja atrás.

Por: Rodrigo Pujol Del Toro ([email protected])

Las ciudades no están hechas únicamente de edificios, calles y monumentos. También están construidas con historias que se superponen, símbolos que pierden su significado y recuerdos que permanecen en los lugares incluso cuando ya nadie parece reconocerlos. Para Said Dokins, artista mexicano cuya práctica transita entre la caligrafía, el grafiti y la experimentación tecnológica, acercarse a la ciudad implica aprender a leer esas huellas y preguntarse quién decide cuáles merecen permanecer.

Esa búsqueda atraviesa Como una centella que brota. Heliografías de Said Dokins y Leonardo Luna, exposición que presenta en el Centro de la Imagen una selección de más de diez años de trabajo conjunto. A través de fotografías, dibujos, libros, objetos e impresiones heliográficas, la muestra propone una aproximación a la memoria como algo que no permanece intacto, sino que cambia con los usos del espacio, las transformaciones históricas y las formas en que las comunidades se relacionan con su pasado.

“Yo me he dedicado mucho tiempo a investigar sobre el gesto, sobre la escritura, sobre la memoria, sobre los espacios históricos importantes y sus huellas”, cuenta Dokins. Su investigación parte de una premisa: un lugar nunca es solamente lo que vemos en el presente. Debajo de su apariencia hay relatos, conflictos, decisiones y formas de vida que continúan influyendo en su significado, aunque hayan dejado de ser evidentes.

La luz como una forma de leer el territorio

Desde hace más de una década, Dokins trabaja con el fotógrafo Leonardo Luna en Heliografías de la memoria, un proyecto que comenzó en Querétaro y se extendió a espacios de Alemania, Países Bajos, Francia, España y Emiratos Árabes Unidos, entre otros territorios. En cada sitio, la intervención luminosa establece una relación con la historia y las condiciones materiales del lugar, sin pretender reducirlo a una sola interpretación.

La técnica permite que el movimiento de la escritura se registre mediante fotografías de larga exposición. La caligrafía aparece como una trayectoria luminosa que envuelve la arquitectura y hace visible la relación entre el cuerpo del artista y el espacio. La imagen resultante no es únicamente el registro de una acción: es una forma de poner en relación distintos tiempos, pues la intervención contemporánea se superpone visualmente a un lugar cargado de historia.

Esta relación entre gesto y territorio también procede del interés de Dokins por el grafiti. El artista encuentra en la inscripción urbana una acción que altera momentáneamente las reglas del espacio y plantea preguntas sobre la autoridad, la pertenencia y el derecho a expresarse. “Cualquier acto de inscripción, cualquier acto de graffiti, pues es eso, es un acto, es más bien una performance”, explica.

La escritura, desde esta perspectiva, no es solamente un sistema para comunicar palabras. Es también una manera de aparecer en el mundo, ocupar un espacio y producir una relación con quienes lo recorren. Una inscripción puede durar décadas o desaparecer en unas horas; sin embargo, su significado no depende exclusivamente de su permanencia material, sino también de la acción que la hizo posible y de las interpretaciones que genera.

Cuando los edificios dejan de contar la misma historia

Uno de los aspectos más sugerentes del proyecto es su acercamiento a los espacios que han perdido su función original. En ellos, la obsolescencia no representa necesariamente un final, sino una transformación del relato. Las infraestructuras que alguna vez simbolizaron modernidad, comunicación o progreso pueden convertirse en ruinas, lugares abandonados o escenarios de nuevas actividades que desplazan sus significados anteriores.

Dokins menciona el caso de Radio Kootwijk, en Países Bajos, una estación de comunicaciones cuya función cambió con el desarrollo tecnológico. El abandono de este tipo de construcciones permite observar que la historia no se desarrolla de manera lineal: aquello que en una época fue indispensable puede convertirse en vestigio cuando aparecen nuevas necesidades y tecnologías.

“Son edificios que se vuelven obsoletos, que cambian de significado con el tiempo, que van desplazando el símbolo”, señala. La frase también permite pensar en las ciudades contemporáneas, donde la renovación arquitectónica, los cambios económicos y la transformación de los barrios pueden modificar la relación de las comunidades con los espacios que forman parte de su historia.

La gentrificación aparece en esta conversación como otra forma de desplazamiento. Dokins recuerda intervenciones en lugares de Ámsterdam donde antiguas instalaciones industriales fueron transformadas en espacios vinculados con el turismo y los hoteles de lujo. La modificación de un edificio no ocurre de manera aislada: también cambia la manera en que se utiliza, quién puede acceder a él y qué memorias quedan asociadas con su nueva función.

Frente a estas transformaciones, la intervención artística no ofrece una respuesta única ni pretende congelar el territorio en una imagen idealizada del pasado. Su potencia está en hacer visibles las tensiones que atraviesan un lugar y abrir preguntas sobre aquello que se conserva, aquello que se transforma y aquello que desaparece del relato colectivo.

El archivo como una segunda obra

La exposición del Centro de la Imagen incorpora una dimensión fundamental para comprender este proceso: el archivo. A partir de la propuesta curatorial de Minerva Anguiano, el equipo reunió más de 80 materiales relacionados con las intervenciones de Heliografías de la memoria. El conjunto incluye fotografías, publicaciones, objetos y documentos que permiten reconstruir los procesos detrás de las imágenes.

Para Dokins, presentar estos materiales significa mostrar que una obra no comienza ni termina en el momento en que el público la contempla. Detrás de cada intervención hay investigación, recorridos, decisiones formales, conocimiento del sitio y una relación con la historia que no siempre es visible en el resultado final. El archivo amplía la lectura de la pieza y permite entenderla como parte de un proceso de investigación de largo aliento.

Esta dimensión resulta especialmente significativa en una práctica que trabaja con lo efímero. La escritura luminosa desaparece del espacio cuando concluye el movimiento, pero la fotografía conserva una huella de la acción. Después, el archivo vuelve a situarla en una secuencia histórica y permite establecer conexiones con otras obras, lugares y momentos. La memoria no se conserva de una sola manera: se reconstruye mediante distintos registros y nuevas interpretaciones.

El ejemplo de Dresde, Alemania, introduce otra dimensión: la reconstrucción como acto colectivo. Dokins recuerda la recuperación de la iglesia de Nuestra Señora después de su destrucción durante la guerra y los objetos que llegaron a representar ese proceso. La historia de un edificio puede convertirse así en una historia sobre la capacidad de una comunidad para recuperar un espacio y resignificar sus heridas.

Escritura, comunidad y nuevas formas de resistencia

El trabajo de Dokins también se extiende más allá de la fotografía y la intervención urbana. En el proyecto Escritura monumental y comunidad: estrategias de resistencia y reconstrucción de la memoria urbana, la investigación se articula mediante un archivo de obras, un documental y una pieza interactiva que registra trayectorias corporales y caligráficas en un entorno digital.

El artista explica que este proyecto busca acercarse a las implicaciones de la escritura expandida en distintos espacios, desde las comunidades vinculadas con el arte urbano hasta los territorios en disputa y los ámbitos científicos y tecnológicos. La escritura aparece como un punto de encuentro entre el cuerpo, la experiencia colectiva y las formas de producir significado.

La dimensión comunitaria es central porque la memoria urbana no pertenece únicamente a los archivos institucionales o a los relatos oficiales. También se construye mediante las experiencias de quienes habitan los territorios, las prácticas que desarrollan en ellos y las formas en que se relacionan con sus transformaciones. La intervención artística puede abrir un espacio de conversación, siempre que reconozca que cada comunidad tiene sus propios relatos y maneras de recordar.

El panel Las formas de lo invisible, que se realizará el viernes 16 de octubre a las 18:00 horas en el Centro de la Imagen, reunirá a Dokins, Leonardo Luna y las especialistas Karen Cordero, Claudia de la Garza y Minerva Anguiano. La sesión cerrará el ciclo dedicado a la escritura monumental y la comunidad, con una conversación sobre las posibilidades de la escritura como práctica expandida y su relación con la memoria, la identidad y el territorio.

La exposición Como una centella que brota permanecerá abierta hasta febrero de 2027, de miércoles a domingo, de 11:00 a 18:00 horas, con entrada libre. Más que presentar la luz como un recurso visual, la muestra la utiliza como una herramienta para pensar: permite observar la arquitectura desde otra perspectiva, reconocer la fragilidad de sus significados y comprender que los lugares continúan cambiando incluso cuando sus estructuras parecen permanecer inmóviles.

Quizá esa sea una de las preguntas más importantes que deja el trabajo de Dokins: qué ocurre con una historia cuando el espacio que la contenía deja de ser reconocible. Sus heliografías no intentan responder de manera definitiva. En cambio, hacen aparecer por un instante aquello que podría pasar inadvertido y nos recuerdan que leer una ciudad también implica atender a sus silencios, sus borraduras y las memorias que todavía buscan un lugar desde el cual hacerse visibles.

Link del ciclo que acompaña este proyecto: https://saidokins.com/ciclo-escritura-monumental/?v=6ee8cb899cf7

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