Reynolds Robledo vuelve a los años noventa para sanar las heridas de una infancia que todavía busca quién ser

Sirena y Punto utiliza la memoria, el juego y la amistad para hablar de las infancias queer, los prejuicios aprendidos y la posibilidad de mirar al niño que fuimos desde la adultez.

Por: Rodrigo Pujol Del Toro

Hay historias que parecen pertenecer a la infancia hasta que uno vuelve a mirarlas desde la adultez. Entonces aparecen otras preguntas, otras heridas y otras posibilidades de interpretación. “Sirena y Punto”, la obra dirigida y adaptada por Reynolds Robledo, nace precisamente de ese regreso: del intento de mirar hacia atrás y entender qué ocurrió con aquellos niños que alguna vez fuimos antes de aprender que existían límites, etiquetas y expectativas sobre nuestra manera de ser.

Basada en el libro de Sergio Andricaín y Diego Josué Gontorr, la obra cuenta el reencuentro de Andrés y Juana, dos amigos que reconstruyen desde la adultez una historia ocurrida durante su infancia. Andrés soñaba con ser una sirena; Juana nunca dejó de creer en él. Entre juegos, música, recuerdos y un pequeño teatro de cartón, el montaje construye una memoria que pertenece simultáneamente al pasado y al presente.

Para Robledo, adaptar esta historia implicó reconocer que no estaba frente a un cuento infantil convencional. Aunque el material original es un libro ilustrado de pocas páginas, el director encontró en él una experiencia mucho más amplia: la sensación de crecer buscando una identidad mientras los adultos comienzan a introducir inseguridades y prejuicios en un territorio que originalmente estaba dominado por la imaginación.

Robledo conoció a Diego Gontorr a través de redes sociales y durante años escuchó hablar del proyecto. La idea de llevarlo al teatro comenzó a tomar forma cuando leyó el libro y descubrió que podía convertirse en una historia sobre la memoria adulta. “Yo la veía más como una historia sobre adultos reflexionando sobre su niñez”, explica.

Esa decisión fue fundamental porque cambió el lugar desde donde se cuenta la historia. No se trata solamente de regresar a una infancia para recordarla, sino de mirarla desde las herramientas emocionales que ofrece la adultez.

Una memoria situada en 1996 y 1997

Para construir ese regreso, Robledo necesitaba encontrar una época concreta. No quería utilizar los noventa como una colección de referencias culturales reconocibles, sino situar a sus personajes en un momento específico.

Por eso decidió que la historia ocurre entre 1996 y 1997. Televisión, música, juegos, telenovelas y otros elementos culturales corresponden a ese periodo. La precisión temporal permite que la memoria tenga consistencia y que la nostalgia no sea simplemente un filtro estético colocado sobre la historia.

“No encapsulo los noventa, porque los noventa es una década. Entonces quise ser muy específico de decir: la obra ocurre en el noventa y seis”, explica.

Ese mundo es anterior a las redes sociales y a la vida permanentemente conectada. Robledo recuerda una infancia marcada por los juegos, las bicicletas, la televisión y la posibilidad de pasar tiempo imaginando sin necesidad de grandes recursos.

Pero el director evita presentar esa época como una especie de paraíso perdido. También reconoce que la inseguridad existía y que había problemas que formaban parte de aquella sociedad. Lo que busca recuperar es una relación con el juego que, desde su perspectiva, tenía una libertad particular.

“Para mí era importante sí mostrar como una infancia muy genuina, porque no es algo que yo me esté inventando, es algo que yo viví”, afirma.

El juego antes que la etiqueta

El conflicto de Andrés comienza precisamente ahí: en el momento en que algo que para él pertenece naturalmente al territorio del juego comienza a ser interpretado por los adultos como algo incorrecto.

La sirena no es inicialmente una declaración. Es imaginación. Es juego. Es la posibilidad de experimentar con una identidad sin haber aprendido todavía que algunas posibilidades supuestamente pertenecen a determinadas personas y otras no.

Robledo observa que los prejuicios pueden llegar a la infancia desde el entorno familiar y social. Los padres, abuelos, tíos y otros adultos transmiten ideas sobre aquello que consideran apropiado para niños y niñas. Incluso los objetos cotidianos pueden convertirse en fronteras simbólicas: juguetes, colores, ropa o formas de jugar.

En Sirena y Punto, Andrés no entiende inicialmente qué hay de malo en querer ser una sirena. Lo que recibe de su entorno es un “no” que no necesariamente viene acompañado de una explicación. Y ese rechazo comienza a transformar su relación con la imaginación.

El contraste aparece en Juana, su vecina y amiga, quien representa una forma diferente de acompañar la infancia. Ella no necesita comprender completamente lo que significa el sueño de Andrés para creer en él.

Ese gesto aparentemente pequeño —creer en alguien antes de entenderlo completamente— se convierte en uno de los motores emocionales de la obra.

Los padres que quieren proteger y terminan hiriendo

Uno de los elementos más interesantes de la adaptación es que Robledo evita construir antagonistas sencillos. Los padres de Andrés no aparecen como figuras malvadas que deliberadamente quieren destruir a su hijo.

Por el contrario, son padres que aman a su hijo y creen que están protegiéndolo.

El problema está en que su idea de protección parte de prejuicios que ellos mismos han aprendido. Al intentar evitarle un supuesto peligro, terminan generando una confusión y una herida que después no saben cómo reparar.

Esa decisión dramatúrgica resulta importante porque desplaza el conflicto de una lucha entre buenos y malos hacia una pregunta mucho más incómoda: ¿cuántas veces podemos lastimar a alguien precisamente mientras creemos estar haciendo lo correcto?

La obra no ofrece una respuesta sencilla, pero coloca al espectador frente a una experiencia reconocible: la infancia como un momento en el que las personas todavía están descubriendo quiénes son y en el que las palabras de los adultos pueden tener consecuencias mucho más profundas de lo que ellos imaginan.

Dos adultos interpretando a los niños que fueron

Para llevar esa memoria al escenario, Robledo necesitaba intérpretes que pudieran sostener varias capas simultáneamente. Andrés y Juana son niños dentro del recuerdo, pero también son adultos que observan ese pasado y, de alguna manera, personajes que deben representar otras dimensiones de la historia.

La elección de Luz Aldán y Marcos Radosh surgió de un conocimiento previo y de una intuición del director sobre lo que podían aportar. Robledo buscaba actores que no infantilizaran excesivamente a los personajes y que pudieran comprender desde su propia experiencia el universo de una generación que creció en los noventa.

La primera lectura terminó funcionando como una prueba emocional. Ambos intérpretes conectaron rápidamente con los personajes y con la experiencia de recordar la propia infancia.

Robledo recuerda que todos terminaron llorando, pero también riéndose de estar llorando. Esa combinación terminó definiendo buena parte de la experiencia de la obra: una historia capaz de activar nostalgia y humor para después conducir al espectador hacia zonas emocionales más profundas.

El teatro como abrazo

La reacción del público parece haber confirmado esa intención. Robledo cuenta que puede percibir desde la sala el momento en que los espectadores conectan con Andrés y Juana. Primero aparecen las referencias culturales, después la risa y finalmente una emoción más profunda.

La respuesta que más le interesa, sin embargo, no es simplemente que la gente llore. Es lo que puede ocurrir detrás de esas lágrimas.

“Lo veo como algo que estamos sanando, o sea, es un abrazo para mí la obra, es como ese momento que no sabíamos que necesitábamos ese abrazo”, explica.

En esa imagen se encuentra quizá la esencia de Sirena y Punto. El teatro no aparece solamente como un lugar para representar una historia, sino como un espacio en el que un espectador puede reconocerse en algo que había olvidado.

Algunos espectadores incluso han regresado a ver la obra varias veces. Otros han buscado el libro original después de la función. Para Robledo, esa respuesta confirma que la historia puede establecer un diálogo más allá de la representación teatral.

Una historia que todavía puede crecer

La temporada en La Teatrería termina el 20 de octubre, pero el director espera que ese sea apenas el comienzo del recorrido de la producción. Actualmente no existe una gira confirmada, aunque hay interés por llevarla a más espacios y encontrar nuevas oportunidades para que la historia alcance a otros públicos.

“Creo que este es como el inicio de un proyecto que podría durar mucho tiempo más”, afirma Robledo.

Y quizá sea justamente esa posibilidad de permanencia la que mejor encaja con el tema de la obra. Porque si Sirena y Punto habla de una infancia que permanece dentro de los adultos, su recorrido puede continuar mientras existan personas que necesiten regresar a ella.

Andrés quería ser una sirena.

Juana creyó que podía hacerlo.

Los adultos llegaron después con sus explicaciones, sus miedos y sus límites.

Ahora, muchos años después, dos personajes regresan a ese momento para descubrir que algunas heridas no desaparecen simplemente porque crecemos. A veces necesitan que alguien vuelva a mirarlas, las nombre y, finalmente, les permita respirar.

Sirena y Punto se presenta en La Teatrería durante su temporada hasta el 20 de octubre de 2026, con funciones los martes a las 20:30 horas. La producción corre a cargo de Lobos Producciones y Las Mamás Presentan, y está protagonizada por Luz Aldán y Marcos Radosh.

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